Zeus transformed into a white bull emerging from the sea at night, Greek mythology Taurus constellation

El toro que vieron arder en pleno día

La constelación de Tauro es una de las más antiguas del cielo. Fue documentada por los babilonios hace más de 4,000 años, y desde entonces no ha dejado de contar la misma historia: la de un toro que no es lo que parece.

Mitología griega, el apocalipsis mexica de las Pléyades y la nebulosa que nació de una explosión que los chinos vieron a plena luz del día

Por Juan Pablo Martín | ASTRONOMIKA TV | Mayo 2026

Zeus transformado en toro blanco emergiendo del mar de noche, mitología griega constelación de Tauro
El toro blanco de Zeus, la forma que el dios eligió para cruzar el Mediterráneo. Una de las historias más antiguas del cielo nocturno.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

El dios más poderoso del universo se disfrazó de toro para raptar a una princesa. Y funcionó.

Zeus, el rey del Olimpo y señor de los cielos, tenía un problema recurrente: era casado, era omnipotente, y no podía dejar de enamorarse de mujeres mortales. Su esposa Hera lo sabía. Lo vigilaba. Así que Zeus, con toda la creatividad que te da ser un dios, desarrolló una solución: los disfraces.

Europa era hija del rey Agénor de Fenicia, en la costa de lo que hoy es el Líbano. Era joven, era hermosa, y tenía la costumbre de bajar con sus amigas a jugar cerca de la orilla del mar. Zeus la vio desde el Olimpo y decidió que tenía que conocerla. Se convirtió en un toro. Pero no en cualquier toro: en uno blanco como la nieve, con cuernos que brillaban como la luna y un aliento que olía a azafrán. Tan perfectamente hermoso que Europa se acercó sin dudar, lo acarició, se sentó en su lomo. Y en ese momento Zeus salió corriendo hacia el mar y no paró hasta llegar a Creta, la isla griega más grande, que hoy sigue siendo uno de los destinos más visitados del Mediterráneo.

Europa no podía hacer nada. Estaba en medio del océano sobre un toro que nadaba más rápido que cualquier barco.

Europa en el lomo del toro blanco de Zeus cruzando el Mediterráneo de noche, mitología griega Tauro
Europa cruzando el Mediterráneo en el lomo del toro. La luna llena al fondo no es un detalle menor: Zeus prefería actuar de noche, lejos de los ojos de Hera.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

En Creta, Zeus reveló su identidad. De esa unión nacieron tres hijos: Minos, que se convertiría en el rey más poderoso del Mediterráneo antiguo; Radamantis, que terminaría como juez de los muertos en el inframundo; y Sarpedón, que moriría en la Guerra de Troya.

Minos heredó el trono de Creta y construyó un reino poderoso con centro en Cnosos, la ciudad que hoy puedes visitar en el norte de la isla y que fue durante siglos el corazón de la civilización minoica. Era un rey formidable. También era, en privado, un hombre con una debilidad muy concreta y muy mal disimulada por las mujeres que no eran su esposa.

Sus aventuras eran tan frecuentes y tan descaradas que Pasífae, su esposa, que era hija de Helios, el dios del Sol, y había heredado algo de sus poderes, llegó a su límite. Lo maldijo con un hechizo quirúrgico: cada vez que Minos intentara compartir su lecho con otra mujer, lo que llegaba al encuentro no era exactamente lo que ella esperaba, sino una colección de criaturas del inframundo, serpientes, escorpiones y escolopendras, esos ciempiés gigantes venenosos que en la antigüedad se asociaban con lo más oscuro del mundo subterráneo. Las amantes no sobrevivían la sorpresa. Pasífae, al ser inmortal, era la única con quien el hechizo no hacía efecto.

Minos, como buen rey del mundo antiguo, decidió que el problema tenía solución y siguió intentándolo con la misma convicción de siempre. Las amantes seguían sin tener suerte.

El rey Minos en su trono en el palacio de Cnosos, mitología griega constelación de Tauro
Minos en su trono de Cnosos. Un rey poderoso, un esposo problemático, y el protagonista involuntario de una de las historias más retorcidas de la mitología griega.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

Hasta que llegó Procris.

Procris era hija del rey Erecteo de Atenas, en lo que hoy es Grecia continental, y llegó a Creta huyendo de un desastre matrimonial que no había sido enteramente culpa suya. Estaba casada con Céfalo, un cazador al que amaba, pero la diosa Eos, la aurora, también lo quería y lo perseguía. Para liberar a Céfalo de su lealtad, Eos diseñó una trampa: lo disfrazó de forastero, lo cargó de regalos y lo mandó a seducir a su propia esposa. Procris, sin reconocerlo, aceptó. Cuando Eos levantó el disfraz, Procris quedó destruida por la vergüenza. Huyó a Creta sin mirar atrás.

En la corte de Minos, Procris supo enseguida el problema del rey. Y supo también que podía resolverlo. Minos, de su lado, estaba dispuesto a pagar bien: le ofreció a Lélape, un perro de caza que nunca fallaba en atrapar a su presa, y una jabalina que jamás erraba el blanco, dos objetos que para una cazadora como Procris valían más que cualquier oro. La solución que ideó fue tan práctica como ingeniosa: encontró la forma de neutralizar el hechizo antes del encuentro, de manera que las criaturas de Pasífae llegaran a un destino distinto al previsto, sin consecuencias para nadie. El método funcionó. Minos cumplió con los regalos. Y Procris, que conocía bien a Pasífae y lo que era capaz de hacer, salió de Creta antes de que la reina se enterara de los detalles.

Procris con la jabalina infalible y el perro Lélape en el palacio de Cnosos, mitología griega Tauro
Procris con la jabalina infalible y el perro Lélape, los dos regalos que Minos le dio como pago. Ambos objetos jugarían un papel decisivo en su destino final.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

Su historia no terminó bien de todas formas. De vuelta en Atenas se reconcilió con Céfalo, pero los celos no la abandonaron. Un día lo siguió de cacería, escondida entre los arbustos, convencida de que iba a encontrarlo con otra. Céfalo escuchó el ruido entre la maleza y lanzó la jabalina sin mirar. La mató sin querer. La misma jabalina que Minos le había regalado como pago.

La familia de Zeus, en cualquier generación que la mires, termina siempre igual.

Con el asunto de las amantes resuelto, o al menos controlado, Minos siguió gobernando. Y fue entonces cuando llegó el problema del toro.

Poseidón, el dios del mar, le envió un toro blanco de belleza sobrenatural para que lo sacrificara en su honor. Minos lo recibió, lo miró, y decidió que era demasiado perfecto para matarlo. Intentó ser listo: lo cambió por otro toro de su rebaño, similar pero sin esa perfección divina, esperando que Poseidón no notara la diferencia. Poseidón notó. Y se ofendió el doble: primero por la desobediencia, después por el intento de engaño.

El castigo fue calculado para que doliera donde más duele. Poseidón no destruyó el reino. Hizo algo peor: hechizó a Pasífae para que sintiera una atracción irresistible, completamente fuera de su control, hacia ese mismo toro blanco. Un deseo que no la dejaba en paz, que la consumía día y noche.

Pasífae, desesperada, acudió a Dédalo, el inventor más brillante de Creta. Dédalo, sin hacerle demasiadas preguntas, construyó una vaca de madera hueca, perfectamente articulada y cubierta de piel real, para que Pasífae pudiera meterse dentro y así hacer realidad lo que el hechizo le exigía. El plan funcionó. De ese encuentro nació el Minotauro: cabeza de toro, cuerpo de hombre, apetito descomunal de ambos.

Minos mandó construir el Laberinto, otra obra de Dédalo, una prisión sin salida donde nadie podía orientarse. Ahí encerró a la criatura. Para alimentarla, exigió a Atenas un tributo periódico de siete jóvenes y siete doncellas.

Teseo con el hilo de Ariadna en el Laberinto de Cnosos, silueta del Minotauro al fondo, mitología griega Tauro
Teseo en el Laberinto, con el hilo de Ariadna en una mano y la espada en la otra. Al fondo, la silueta del Minotauro esperando. De las imágenes del set, una de las más logradas.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

Ese tributo duró hasta que llegó Teseo, príncipe de Atenas, que se ofreció voluntario entre los condenados con un plan. Ariadna, hija de Minos y Pasífae, lo vio llegar y se enamoró en el acto. Le entregó un ovillo de hilo para que pudiera encontrar la salida del laberinto después de matar al Minotauro. Teseo entró, mató a la bestia, salió siguiendo el hilo y escapó de Creta llevándose a Ariadna.

Minos perdió al monstruo, a la hija, y esa misma noche también a Dédalo, que huyó junto con su hijo Ícaro. Minos los persiguió por todo el Mediterráneo hasta encontrar a Dédalo escondido en Cámicos, una ciudad de la costa oeste de Sicilia, bajo la protección del rey local Cócalo. Cuando Minos reclamó al inventor, Cócalo le ofreció primero un baño caliente. Las hijas del rey vaciaron agua hirviendo sobre él. Minos murió en la bañera, persiguiendo al hombre que le había construido la vaca de madera.

Hay una justicia poética ahí que los griegos dejaron sin comentar.

Pero hay otro drama en este mismo rincón del cielo, y este no tiene laberintos ni artilugios de madera ni accidentes de caza. Este tiene siete hermanas, un cazador que no aceptaba un no, y una estrella que todavía hoy brilla menos que las demás por vergüenza.

Las siete Pléyades huyendo por el bosque con la silueta de Orión al fondo, mitología griega constelación de Tauro
Las Pléyades huyendo por el bosque. Orión, al fondo, lleva siete años siguiéndolas. Esa persecución nunca terminó: está congelada en el cielo para siempre.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

Las Pléyades eran hijas de Atlas, el titán condenado por Zeus a cargar el peso del cielo sobre sus hombros para siempre, y de Pléyone, una ninfa oceánide que protegía a los marineros. Siete hermanas: Maia, Electra, Alcíone, Táigete, Estérope, Celeno y Mérope. Vivían en el monte Cilene, en el norte del Peloponeso griego, y formaban parte del cortejo de Artemisa, la diosa de la caza. Corrían por los bosques, cazaban, nadaban en ríos fríos y celebraban los ritos de la diosa con la discreción que Artemisa exigía. Eran libres, eran hermosas, y por eso mismo estaban en problemas permanentes.

No eran un grupo anónimo. Cada una tenía su historia.

Maia, la mayor, era tan hermosa que el propio Zeus la visitó en secreto en una cueva del monte Cilene. De esa unión nació Hermes, el mensajero de los dioses, el inventor de la lira, el guía de las almas al inframundo. Maia crió sola a su hijo sin que Hera se enterara por un tiempo razonable.

Electra tuvo también a Zeus como amante y fue madre de Dárdano, el fundador mítico de Troya. Cuando siglos después la ciudad cayó y ardió, Electra abandonó su lugar en el cielo, incapaz de ver la destrucción de lo que su hijo había construido. Algunos dicen que se convirtió en cometa. Eso explicaría por qué en el cielo solo brillan seis.

Alcíone, Táigete, Estérope y Celeno tuvieron también amores divinos, con Poseidón, con Ares, con varios dioses menores. Sus historias se cruzan con fundaciones de ciudades, linajes reales y guerras olvidadas.

Y luego estaba Mérope. La única que se enamoró de un mortal: Sísifo, el rey más astuto y más castigado de toda la mitología griega, el mismo que pasa la eternidad empujando una roca cuesta arriba solo para verla caer. Mérope se casó con él a sabiendas. Por eso, hasta hoy, su estrella es la más tenue del cúmulo. Brilla menos que sus hermanas porque lleva milenios avergonzada.

Todo cambió el día que se cruzaron con Orión.

Orión era el cazador más grande que había producido la Tierra. Hijo de Poseidón según la versión más extendida, de estatura gigantesca según todas, con una habilidad con el arco que ningún mortal ni ningún dios podía igualar. Era también, según los textos, extraordinariamente apuesto. En resumen: la definición perfecta del «todas mías». El tipo que entra a un lugar, ve a siete mujeres distintas y decide, con total convicción, que las quiere a todas. Al mismo tiempo. Sin negociación posible.

Las persiguió durante siete años.

Siete años de huir por bosques, de esconderse en cuevas, de suplicar a los dioses que hicieran algo. Zeus finalmente intervino: las convirtió en palomas para que pudieran escapar volando, y luego en estrellas. Pero no las colocó en cualquier rincón del cielo. Las colocó en el lomo del toro, para que Tauro las protegiera.

Orión también terminó en el cielo, convertido en constelación. Y ahí sigue la persecución, noche tras noche, por toda la eternidad. Orión avanza hacia las Pléyades. El toro se interpone. Las Pléyades van siempre delante, siempre resguardadas detrás de esos cuernos.

Hay quienes leen en esa posición celeste algo más que una simple custodia. El toro que protege a las Pléyades carga con toda la historia que ya conoces: el engaño a Poseidón, el desastre de Pasífae, el Minotauro, el laberinto. Un toro marcado por culpa y consecuencias. Y ahora está ahí, plantado entre siete mujeres indefensas y el mejor cazador del mundo, sin posibilidad de ganar, sin posibilidad de retirarse. Como si el cielo fuera el lugar donde las deudas se pagan para siempre.

Los griegos no lo explicaron así. Pero lo dibujaron exactamente así.

Si te interesa seguir el hilo de cómo estas historias se cruzan con otras constelaciones del zodiaco, ya tenemos el artículo completo de Aries, donde el vellocino de oro y el mundo cretense se conectan de una forma que no te esperas.


El mismo cielo, historias completamente distintas

El mismo grupo de estrellas que los griegos convirtieron en el escenario de un rapto, un monstruo y una persecución eterna, otras dos culturas lo miraron y vieron algo completamente diferente. No romance, no drama familiar. Algo mucho más grande.

Para los mexicas, las Pléyades decidían si el Sol volvía a salir

Los mexicas construyeron uno de los imperios más poderosos del continente americano desde su capital Tenochtitlan, la ciudad lacustre que hoy descansa bajo el centro histórico de la Ciudad de México. Su astronomía no era decorativa. Era el mecanismo que mantenía el universo funcionando, y los sacerdotes que la operaban lo sabían con una claridad que ponía los pelos de punta.

En el centro de ese sistema estaba un grupo de estrellas que los mexicas llamaban Tianquiztli: el mercado. Lo que hoy conocemos como las Pléyades. Si te suena familiar la palabra, es porque sí lo es: de Tianquiztli viene directamente la palabra «tianguis», ese mercado callejero informal que todavía hoy puebla las esquinas de cualquier ciudad mexicana cada fin de semana. Cuatro mil años después, el nombre sigue vivo en el español cotidiano, aunque nadie que compre sus verduras en el tianguis del barrio sepa que está pronunciando el nombre mexica de un cúmulo de estrellas.

El nombre no era casual. Un mercado es el lugar donde todo se intercambia, donde los ciclos se renuevan, donde lo viejo se va y lo nuevo llega. Para los mexicas, las Pléyades cumplían exactamente esa función en el cielo, pero a una escala que ningún mercado humano podía igualar. Cada 52 años, cuando el calendario ritual y el calendario solar se alineaban en lo que llamaban el Xiuhpohualli, el mundo entero llegaba a un punto de quiebre. Los mexicas creían que el universo había sido destruido y reconstruido cuatro veces antes de este. Y que esta quinta era también podía terminar.

La pregunta no era filosófica. Era práctica y urgente: ¿el Sol iba a volver a salir, o no?

Cerro de la Estrella en Iztapalapa con la Ciudad de México al fondo, sitio de la Ceremonia del Fuego Nuevo mexica
El Cerro de la Estrella en Iztapalapa, al sureste de la Ciudad de México. Aquí, cada 52 años, los mexicas esperaban en silencio a que las Pléyades cruzaran el cenit. El sitio arqueológico es visitable hoy.
Crédito: Wikimedia Commons / CC

La respuesta dependía de las Pléyades.

En la noche del final del ciclo de 52 años, los sacerdotes apagaban todos los fuegos del imperio. Todos. Los hogares, los templos, las antorchas de los caminos, las llamas perpetuas de los grandes altares. El imperio más poderoso de Mesoamérica quedaba en oscuridad total, esperando. La gente se encerraba en sus casas, tapaba las ventanas, cubría sus espejos, tomaba a sus hijos en brazos. Los que tenían problemas de salud se escondían con especial cuidado: se creía que si el Sol no regresaba, los enfermos se convertirían en bestias que devorarían a los sobrevivientes.

Los sacerdotes subían al Cerro de la Estrella, en lo que hoy es el barrio de Iztapalapa, al sureste de la Ciudad de México. Desde ahí observaban el cielo. Si las Pléyades cruzaban el punto exacto del cenit a medianoche, el ciclo se renovaba. El Sol volvería. Si no cruzaban ese punto, los demonios del cielo descenderían y devorarían a la humanidad. La oscuridad sería permanente.

Las Pléyades cruzaban el cenit. Siempre cruzaban. Pero eso no le quitaba el peso a la espera.

Ceremonia del Fuego Nuevo mexica en el Cerro de la Estrella, sacerdotes con antorcha y las Pléyades en el cielo nocturno
La Ceremonia del Fuego Nuevo en el Cerro de la Estrella. Las Pléyades visibles en el cielo nocturno, el fuego nuevo encendido, y el alivio de saber que el mundo seguiría 52 años más.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

Cuando las estrellas confirmaban que el ciclo continuaba, un sacerdote encendía el fuego nuevo directamente sobre el altar en la cima del cerro. Ese fuego se distribuía por mensajeros corriendo a cada rincón del imperio. Los hogares lo recibían de las antorchas sagradas. Los templos volvían a encenderse. El mundo arrancaba de nuevo, con 52 años más de crédito.

La última Ceremonia del Fuego Nuevo documentada ocurrió en 1507, apenas 14 años antes de la caída de Tenochtitlan. Los restos del Cerro de la Estrella siguen ahí, visitables, rodeados hoy por una de las zonas urbanas más densas del planeta.

Tianquiztli el mercado mexica en Tenochtitlan con las Pléyades brillando en el cielo nocturno, cultura azteca
Tianquiztli, el mercado celestial. Los mexicas nombraron a las Pléyades igual que a sus mercados callejeros. De esa misma palabra viene el «tianguis» que sigue vivo en México hasta hoy.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

Lo que hace este mito tan poderoso en contraste con el griego es exactamente eso: para los griegos, las Pléyades eran víctimas. Ninfas hermosas perseguidas por un cazador obsesionado, salvadas por un dios que las convirtió en estrellas para que dejaran de ser molestadas. Para los mexicas, esas mismas estrellas eran jueces del universo. No pedían ser rescatadas. Decidían si el mundo seguía.

En la epopeya más antigua de la humanidad, este toro era un arma de destrucción masiva

Mientras los griegos ponían a Zeus en el lomo de un toro y los mexicas convertían a las Pléyades en árbitros del apocalipsis, en Mesopotamia, la región que hoy ocupa el sur de Irak, alguien estaba escribiendo la historia más antigua que conocemos. No en papel. En tablillas de barro cocido, con marcas en forma de cuña que hoy llamamos escritura cuneiforme.

La Epopeya de Gilgamesh tiene más de 4,000 años. Es anterior a la Ilíada, anterior a la Biblia, anterior a casi todo lo que consideramos literatura. Y en su centro hay un toro.

Gilgamesh era el rey de Uruk, la ciudad-estado más poderosa de su época, ubicada en lo que hoy es el sur de Irak, a unos 270 kilómetros al sureste de la actual Bagdad. Era dos tercios dios y un tercio humano, lo que en términos prácticos significaba que era más fuerte, más rápido y más arrogante que cualquier otra persona sobre la tierra.

Ishtar, la diosa del amor y la guerra, lo observó y decidió que quería casarse con él. Le hizo una propuesta directa. Gilgamesh la rechazó. Pero no se limitó a decir que no: le enumeró, uno por uno, todos los amantes anteriores de Ishtar a quienes ella había destruido cuando se aburrió de ellos. Fue, en términos diplomáticos, un rechazo devastador.

Ishtar, furiosa, subió al cielo a ver a su padre, el dios Anu, y le exigió el Toro del Cielo, Gudanna, como arma de venganza. Anu intentó disuadirla: si soltaba al toro, habría siete años de hambre para la humanidad. Ishtar dijo que tenía reservas de grano para esos siete años y que le diera el toro de una vez. Anu cedió.

Gudanna el Toro del Cielo descendiendo sobre Uruk, Gilgamesh y Enkidu enfrentándolo, Epopeya de Gilgamesh
Gudanna descendiendo sobre Uruk. Con cada bufido, cráteres se abrían en la tierra y se tragaban a cientos de guerreros. Gilgamesh y Enkidu fueron los únicos que se atrevieron a enfrentarlo.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

Gudanna descendió sobre Uruk. Con cada bufido abría cráteres en la tierra que se tragaban a cientos de guerreros. Tres bufidos, trescientos hombres muertos. La ciudad entera temblaba.

Gilgamesh y su compañero Enkidu, el hombre salvaje que los dioses habían creado para calmar la arrogancia del rey y que terminó siendo su mejor amigo, se enfrentaron al toro juntos. Enkidu lo agarró por los cuernos. Gilgamesh lo remató.

Enkidu aventando la pata del Toro del Cielo a Ishtar en los muros de Uruk, Epopeya de Gilgamesh
Enkidu aventa la pata del toro muerto a Ishtar, diosa del amor y la guerra, desde las calles de Uruk. El toro yace derrotado entre ellos. Esa decisión le costaría la vida a Enkidu.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

Ishtar, desde los muros de Uruk, lanzó un lamento de furia. Enkidu, que no era precisamente diplomático, le arrancó una pata al toro muerto y se la aventó.

Los dioses se reunieron esa noche y tomaron una decisión: alguien tenía que morir por haber matado al toro sagrado. Eligieron a Enkidu. No a Gilgamesh, el rey. Al amigo.

Enkidu enfermó y murió lentamente durante doce días, mientras Gilgamesh no se separaba de su lado. Esa muerte fue lo que empujó a Gilgamesh a buscar la inmortalidad en la segunda mitad de la epopeya. Todo lo que vino después, el viaje al fin del mundo, la búsqueda de la planta de la vida eterna, la serpiente que se la roba en el último momento, nació de esa noche frente al toro muerto en las calles de Uruk.

El contraste con el mito griego no podría ser más claro. El toro griego es Zeus en disfraz, seductor, calculador, buscando conquistar a una mujer. El toro mesopotámico es Gudanna, un arma de destrucción enviada por los dioses, una bomba con cuernos que desencadena la tragedia más grande de la epopeya. Mismo animal en el cielo. Historias que no se parecen en nada.


En el año 1054, un astrónomo chino vio nacer algo que hoy puedes encontrar en Tauro

La noche del 4 de julio de 1054, un astrónomo de la corte imperial china anotó en sus registros algo que nunca había visto: una «estrella invitada» que apareció de repente en el cielo, tan brillante que se veía a plena luz del día. No una noche. Veintitrés días seguidos, visible de día. De noche duró casi dos años antes de apagarse.

No era una estrella nueva. Era una estrella muriendo de la manera más violenta que existe en el universo.

Lo que ese astrónomo vio fue una supernova: la explosión final de una estrella masiva que había agotado su combustible y colapsó sobre sí misma en una fracción de segundo antes de liberar más energía de la que el Sol producirá en toda su vida. La explosión ocurrió a 6,500 años-luz de distancia, lo que significa que la luz que ese astrónomo vio en 1054 había salido de ahí cuando en Mesoamérica todavía no existían las grandes pirámides. Llegó tarde, pero llegó espectacular.

Lo que quedó de esa explosión es M1, la Nebulosa del Cangrejo.

La M es de Charles Messier, un astrónomo francés del siglo XVIII obsesionado con encontrar cometas. El problema era que el cielo está lleno de manchas difusas que se parecen a cometas pero no lo son, y Messier se cansó de confundirlas. En 1758 apuntó su telescopio hacia Tauro, vio una mancha que no era un cometa, se frustró, y decidió hacer una lista de «objetos molestos a ignorar» para no volver a perder el tiempo. Esa lista terminó teniendo 110 objetos y convirtiéndose en la guía de observación del cielo profundo más usada de la historia. M1 fue el primero. El catálogo Messier nació de la irritación. Si quieres escuchar la historia de Messier en otro formato, le dedicamos una canción completa en ASTRONOMIKA BEATS: escúchala aquí.

M1 en números: una nube de gas en expansión de once años-luz de lado a lado. Para que eso tenga algún sentido: la distancia entre el Sol y la estrella más cercana es de cuatro años-luz. M1 es casi tres veces esa distancia, y todo ese material era una sola estrella antes de la explosión. Todavía se expande a 1,500 kilómetros por segundo, como si la detonación acabara de ocurrir hace cinco minutos. En el centro late un púlsar: una estrella de neutrones del tamaño aproximado de la Ciudad de México que gira 30 veces por segundo.

La diferencia entre lo que ves con tus ojos y lo que revela una cámara es brutal. Aquí lo puedes ver de frente.

Comparativa M1 Nebulosa del Cangrejo vista con telescopio visual versus astrofotografía, constelación de Tauro
M1 tal como la ves con un telescopio visual (izquierda) y tal como la captura la astrofotografía de larga exposición (derecha). Dos versiones del mismo objeto, dos experiencias completamente distintas.
Imagen: ASTRONOMIKA TV

Con el ZWO Seestar S50 o el DWARFLAB Dwarf 3 puedes capturar M1 desde tu terraza en una noche con buena transparencia. En pocos minutos de apilado en vivo aparece como una mancha ovalada claramente visible, fantasmal, sin estructura interna, pero inconfundiblemente ahí donde no debería haber nada. Si tienes un telescopio visual como el CELESTRON NexStar 8SE y un ocular de entre 15 y 25mm, M1 revela su forma ovalada con claridad y empieza a mostrar una textura interna irregular que en binoculares es imposible de apreciar. En cualquier caso, no verás los filamentos de colores de las fotos del Hubble: eso requiere horas de exposición con equipos especializados.

M1 Nebulosa del Cangrejo en la constelación de Tauro, captura Sky Guide App
M1 en el contexto de la constelación de Tauro, con Aldebarán, los Híades y las Pléyades etiquetados. La ubicación exacta en el cuerno norte del toro.
Captura: Sky Guide App

Tauro no esconde solo una explosión. Tiene también dos de los cúmulos estelares más hermosos del cielo.

Las Pléyades, M45 en el catálogo Messier, son una familia real: todas nacieron del mismo gas hace unos 100 millones de años y viajan juntas por el espacio como si el universo fuera un camión escolar. Son tan jóvenes en términos cósmicos que cuando nacieron, los dinosaurios ya llevaban 65 millones de años caminando por la Tierra.

A simple vista, con un cielo oscuro, puedes distinguir entre seis y siete estrellas. Con los CELESTRON SkyMaster 15×70 el espectáculo cambia completamente: más de cien estrellas llenan el campo visual, rodeadas de una nebulosidad tenue que no es gas de formación estelar sino polvo interestelar que el cúmulo está atravesando por pura coincidencia de trayectoria. El cúmulo no fabricó esa nube. Se la encontró en el camino y la está iluminando mientras pasa.

Las Pléyades M45 con los nombres de las siete hermanas etiquetados, cúmulo abierto en la constelación de Tauro
Las Pléyades M45 con los nombres de las siete hermanas: Alcíone, Maia, Electra, Mérope, Táigete, Astérope y Celeno. La nebulosidad azul de fondo es polvo interestelar que el cúmulo está atravesando.
Imagen: ASTRONOMIKA TV

A unos grados de las Pléyades, formando la cara del toro en forma de V, están los Híades, el cúmulo abierto más cercano a la Tierra. Solo 153 años-luz nos separan de ellos, tan cerca en términos astronómicos que los astrónomos los usan como regla de calibración para medir distancias más lejanas. Son también una familia, nacida junta hace unos 625 millones de años, mucho más antigua que las Pléyades y notablemente más dispersa, como si el tiempo los hubiera ido separando poco a poco.

En el centro visual de los Híades, marcando el ojo del toro con ese naranja intenso inconfundible, está Aldebarán. Pero Aldebarán no pertenece al cúmulo. Está a solo 65 años-luz de nosotros, menos de la mitad de la distancia a los Híades, y simplemente quedó en la línea de visión por pura geometría.

Aldebarán en escala: tiene 44 veces el diámetro del Sol. Si estuviera en el lugar de nuestra estrella, su superficie se extendería hasta la mitad de la órbita de Mercurio. El ojo más brillante del toro es también uno de los gigantes más cercanos del cielo nocturno.

Comparación de tamaño entre Aldebarán y el Sol, Aldebarán es 44 veces más grande, constelación de Tauro
Aldebarán (derecha) vs. el Sol (izquierda) a escala real. El Sol, que ya nos parece enorme, cabe 44 veces en el diámetro de Aldebarán.
Imagen: ASTRONOMIKA TV / Flux 2 Pro

Para encontrar todo esto desde tu jardín o terraza no necesitas coordenadas ni aplicaciones complicadas. Busca el cinturón de Orión, esas tres estrellas en línea perfecta que cualquiera reconoce en el cielo de invierno. Síguelas hacia donde nace el Sol cada mañana. La primera estrella brillante de color naranja intenso que encuentres es Aldebarán, el ojo del toro. A su alrededor verás la V de los Híades. Sigue en esa misma dirección y encontrarás ese pequeño grupo apretado que parece una nubecilla brillante: las Pléyades. M1 está un poco más allá, entre Aldebarán y el cuerno norte del toro, invisible a simple vista pero perfectamente alcanzable con un smart telescope o con el CELESTRON NexStar 8SE desde un cielo razonablemente oscuro.

Star hopping desde el cinturón de Orión hasta Aldebarán y las Pléyades en la constelación de Tauro
Desde el cinturón de Orión hasta Aldebarán y las Pléyades. Una línea, dos pasos, y estás en el corazón de Tauro.
Elaboración: ASTRONOMIKA TV sobre captura Sky Guide App

Tauro es visible en el hemisferio norte entre noviembre y marzo, con diciembre como el mejor mes: culmina a medianoche y domina el cielo toda la noche. En el hemisferio sur se ve entre junio y agosto, más bajo en el horizonte norte pero completamente accesible.


El mismo punto del cielo que un astrónomo chino vio estallar hace casi mil años, que los mexicas usaban para decidir si el mundo seguía, que Gilgamesh defendió con su propia vida, y que Zeus usó como disfraz para cruzar el Mediterráneo. Tauro no es una constelación discreta. Nunca lo fue. Encuéntrala este invierno, busca ese naranja intenso de Aldebarán, y recuerda que detrás de esos cuernos hay siete hermanas que llevan milenios corriendo.

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Preguntas frecuentes sobre la constelación de Tauro

¿Qué es la constelación de Tauro y dónde está?

Tauro es una constelación zodiacal ubicada entre Aries al oeste y Géminis al este. Representa a un toro y es una de las más antiguas del cielo, documentada por los babilonios hace más de 4,000 años. Su estrella más brillante es Aldebarán, una gigante naranja que marca el ojo del toro.

¿Cuál es la estrella más brillante de Tauro?

Aldebarán es la estrella más brillante de Tauro y una de las más brillantes de todo el cielo nocturno. Es una gigante naranja 44 veces más grande que el Sol, ubicada a 65 años-luz de la Tierra. A pesar de aparecer en el centro visual de los Híades, Aldebarán no pertenece a ese cúmulo: está mucho más cerca y solo coincide en la línea de visión por geometría.

¿Qué son las Pléyades y cuántas estrellas tienen?

Las Pléyades, también conocidas como M45, son un cúmulo abierto de estrellas ubicado en el lomo del toro. Contienen cientos de estrellas, aunque a simple vista solo se distinguen entre seis y siete. Con binoculares como los CELESTRON SkyMaster 15×70 puedes ver más de cien en una sola vista. En la mitología griega eran las siete hijas del titán Atlas, convertidas en estrellas por Zeus para protegerlas del cazador Orión.

¿Qué es M1, la Nebulosa del Cangrejo?

M1 es el remanente de una supernova observada por astrónomos chinos el 4 de julio de 1054, tan brillante que se veía de día durante 23 días. Es el primer objeto del catálogo Messier y uno de los objetos de cielo profundo más estudiados de la historia. Hoy es una nube de gas en expansión de once años-luz de diámetro con un púlsar en su centro que gira 30 veces por segundo.

¿Cuándo es la mejor época para ver la constelación de Tauro?

En el hemisferio norte, Tauro es visible entre noviembre y marzo, con diciembre como el mes óptimo, cuando culmina a medianoche y domina el cielo toda la noche. En el hemisferio sur se puede observar entre junio y agosto, más bajo en el horizonte norte pero perfectamente accesible desde latitudes templadas.

¿Se puede ver Tauro a simple vista?

Sí. Tauro es una de las constelaciones más fáciles de identificar a simple vista. Aldebarán, su estrella principal, destaca por su color naranja intenso. Los Híades forman una V claramente visible sin ningún instrumento, y las Pléyades aparecen como una pequeña nubecilla brillante que cualquier persona puede localizar en un cielo moderadamente oscuro.

¿Qué mito griego está detrás de la constelación de Tauro?

Tauro representa al toro blanco en el que Zeus se transformó para raptar a Europa, princesa de Fenicia, llevándola a nado hasta Creta. De esa unión nació Minos, el rey más poderoso del Mediterráneo antiguo. El toro también carga en su lomo a las Pléyades, las siete hijas de Atlas, colocadas ahí por Zeus para protegerlas del cazador Orión.

¿Quiénes eran las Pléyades en la mitología griega?

Las Pléyades eran siete ninfas hijas del titán Atlas y la ninfa Pléyone: Maia, Electra, Alcíone, Táigete, Estérope, Celeno y Mérope. Formaban parte del cortejo de Artemisa y cada una tenía su propia historia. Maia fue madre de Hermes, Electra fue madre de Dárdano el fundador de Troya, y Mérope fue la única que se casó con un mortal, razón por la que su estrella es la más tenue del cúmulo.

¿Cómo se llamaban las Pléyades para los aztecas?

Los mexicas llamaban a las Pléyades Tianquiztli, que significa «el mercado». De esa misma palabra viene el término «tianguis», el mercado callejero informal que sigue existiendo en México y toda Latinoamérica. Para los mexicas, las Pléyades decidían cada 52 años si el Sol volvía a salir o si el mundo llegaba a su fin.

¿Qué fue la Ceremonia del Fuego Nuevo de los mexicas?

Era el ritual más importante del calendario mexica, celebrado cada 52 años. Esa noche se apagaban todos los fuegos del imperio y los sacerdotes observaban si las Pléyades cruzaban el cenit exacto a medianoche desde el Cerro de la Estrella, en lo que hoy es Iztapalapa, al sureste de la Ciudad de México. Si cruzaban, el mundo seguía y se encendía el fuego nuevo. La última ceremonia documentada ocurrió en 1507.

¿Qué son los Híades y cómo se relacionan con Tauro?

Los Híades son un cúmulo abierto de estrellas que forma la cara del toro en forma de V, a solo 153 años-luz de la Tierra, el cúmulo más cercano a nosotros. Los astrónomos los usan como referencia para calibrar distancias más lejanas. En la mitología griega eran hermanas de las Pléyades, también hijas de Atlas.

¿Con qué telescopio o binoculares puedo ver la Nebulosa del Cangrejo?

Con binoculares como los CELESTRON SkyMaster 15×70 puedes detectar M1 como una mancha tenue en un cielo oscuro, sin detalle. Con un telescopio visual como el CELESTRON NexStar 8SE y un ocular de entre 15 y 25mm, la nebulosa muestra su forma ovalada y una textura interna irregular claramente visible. Con un smart telescope como el ZWO Seestar S50 o el DWARFLAB Dwarf 3, obtienes en pocos minutos de apilado en vivo una imagen nebulosa reconocible desde tu propia terraza.


Fuentes y lecturas recomendadas

Libros

Allen, R. H. (1963). Star Names: Their Lore and Meaning. Dover Publications.
Referencia clásica e indispensable sobre el origen de los nombres de estrellas y constelaciones en distintas culturas. El capítulo sobre Tauro cubre las tradiciones griega, árabe y mesopotámica con detalle.

Sahagún, B. de (1577/1979). Historia general de las cosas de la Nueva España. Editorial Porrúa.
La fuente primaria más completa sobre la cosmología y los rituales mexicas, incluyendo la Ceremonia del Fuego Nuevo y el significado de las Pléyades en el calendario ritual azteca.

Sandars, N. K. (1972). The Epic of Gilgamesh. Penguin Classics.
Traducción accesible y bien documentada de la epopeya mesopotámica más antigua de la humanidad. Incluye el episodio completo del Toro del Cielo, Gudanna, y su papel en la historia de Gilgamesh y Enkidu.

Graves, R. (1955). The Greek Myths. Penguin Books.
La recopilación más completa de los mitos griegos en un solo volumen, con análisis de fuentes primarias para cada variante. Cubre en detalle las historias de Zeus y Europa, Minos y Pasífae, el Minotauro, Teseo y las Pléyades.

Fuentes digitales

NASA/ESA. (2023). Crab Nebula (M1) — James Webb Space Telescope imagery.
Imágenes y datos actualizados de M1 obtenidos con el telescopio espacial James Webb.
www.nasa.gov — Webb images Crab Nebula

Chandra X-ray Center, Harvard University. Crab Nebula: A star’s spectacular death in 1054.
Datos actualizados sobre el púlsar del Cangrejo, su velocidad de rotación y las emisiones de rayos X.
chandra.harvard.edu — Crab Nebula

Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). La Ceremonia del Fuego Nuevo.
Documentación oficial del INAH sobre el ritual mexica del Fuego Nuevo y el Cerro de la Estrella.
www.inah.gob.mx

The Electronic Text Corpus of Sumerian Literature, Universidad de Oxford. The Epic of Gilgamesh.
Acceso a las tablillas cuneiformes originales en transcripción y traducción, incluyendo el episodio del Toro del Cielo.
etcsl.orinst.ox.ac.uk

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